La empatía como herramienta pedagógica en el tiro
- cjimenez832
- 9 dic 2025
- 4 Min. de lectura
En el mundo del entrenamiento con armas de fuego, solemos decir que el instructor debe dominar tres cosas: saber disparar, saber enseñar y saber evaluar. Ninguno de estos pilares es opcional; los tres construyen un desempeño técnico y pedagógico sólido. Sin embargo, existe una cuarta cualidad que con frecuencia se pasa por alto y que, a mi parecer, puede convertir a un buen instructor en un instructor verdaderamente excepcional: la empatía.
No me refiero a la empatía superficial y amable, sino a la capacidad profunda de ponerse en el lugar del tirador: en su desconocimiento momentáneo, en su incapacidad motriz inicial, en su frustración cuando algo aparentemente sencillo no le sale, y en su incertidumbre al ejecutar una habilidad nueva.

Saber no es lo mismo que enseñar
Muchos instructores dominan su técnica, dominan sus procesos, dominan cada detalle de lo que ejecutan. Años de entrenamiento, repeticiones, estudio y enseñanza los han colocado en un nivel de fluidez motora que ya no es consciente. Para ellos, ajustar el empuñe, alinear miras o controlar el disparador es tan natural como caminar.
Pero la fluidez del experto, aunque admirable, también tiene un efecto colateral: hace que el instructor olvide cómo se sentía no saber. Ese olvido es peligroso, porque en el momento en que enseñamos, necesitamos comprender que el alumno está experimentando todo por primera vez. Lo que para nosotros es obvio, para él es completamente nuevo. Lo que para nosotros es intuitivo, para él es extraño. Lo que para nosotros es automático, para él es torpe, lento y/o difícil.
Ahí empieza la empatía.
El alumno no tiene errores: está aprendiendo.
Es fácil caer en la percepción errónea de que el alumno “se equivoca”, o “no entiende”, o “no hace caso”. Desde la perspectiva del instructor, muchas veces parece que el alumno está cometiendo errores evitables.
Pero la verdad es más simple: el alumno no falla; el alumno todavía no tiene la habilidad consolidada. Su cerebro está tratando de crear un mapa motriz nuevo, y para eso necesita repetir, fallar, corregir, volver a fallar y seguir intentando.
Si el instructor no recuerda cómo se siente ser un principiante, corre el riesgo de interpretar como desobediencia lo que simplemente es incapacidad momentánea, y de interpretar como falta de atención lo que en realidad es sobrecarga cognitiva.
Recordar lo que se siente no dominar algo
Durante 2024 y 2025 me dediqué a ser alumno en disciplinas que no tienen relación alguna con el tiro: gimnasio, paracaidismo, un curso de física y otro de derecho constitucional.
Quise aprenderlas con la intención de dominarlas y en el proceso me enamoré del paracaidismo. Como resultado recordé cómo se siente ser el alumno torpe en algo que amas: ser lento, el que no comprende a la primera y que necesita escuchar tres veces lo mismo de diferente manera, el que experimenta frustración, miedo al error, incomodidad física, desconfianza en sus habilidades. Pensé que el paracaidismo se me daría fácil porque soy hijo de un paracaidista, y resulté ser poco hábil, pero con muchas ganas.
Ahí, exactamente ahí, volví a sentir en carne propia lo que sienten mis alumnos de tiro.

Sentí frustración al no comprender instrucciones aparentemente simples, confusión motriz al intentar un movimiento que el instructor demostraba con naturalidad, desesperación cuando no lograba progresar al ritmo que yo quería y sentí incomodidad al pensar que estaba atrasando al grupo. También percibí las expresiones de impaciencia o cansancio de un instructor que no encontraba cómo explicármelo mejor.
El valor del instructor que intenta diferentes caminos
No todos los instructores con los que me encontré reaccionaron de la misma forma. Algunos se desesperaban conmigo en el gimnasio, otros se impacientaban, otros asumían que no estaba poniendo atención. Pero también encontré instructores extraordinarios que no se rendían conmigo. Al no ver progreso, no me culpaban: cambiaban el método, cambiaban el lenguaje, cambiaban la progresión, cambiaban los ejemplos, cambiaban el orden, cambiaban la forma de retroalimentar.
Ahí comprendí lo que siempre había intuido: la grandeza del instructor no se demuestra cuando el alumno entiende a la primera, sino cuando el instructor es capaz de encontrar diez formas diferentes de hacer que una persona comprenda algo que no se le facilita.
Ese esfuerzo, tangible y paciente, es acto puro de empatía técnica.
Ser alumno en algo que no dominaba me hizo mejor instructor
La experiencia de ser alumno en cosas que no domino me ofreció la comprensión más profunda y más valiosa que he tenido como instructor en años recientes.
Hoy soy más paciente, más observador, más humano, más flexible y más inteligente en mis intervenciones pedagógicas. Hoy soy más consciente de que no enseño movimiento, enseño confianza; no enseño puntería, enseño tolerancia al error; no enseño solo técnica, enseño autonomía.
También entendí algo aún más profundo: que la frase “Nunca dejes de ser alumno” solo sirve cuando realmente eres alumno de algo que no dominas porque serlo repetidamente en cosas en las que ya eres bueno alimenta tu conocimiento, pero no necesariamente la empatía con quien apenas inicia.
La empatía es un accesorio pedagógico y una herramienta esencial del instructor. Es la capacidad de recordar en la piel lo que el alumno siente, no solo lo que el alumno debería hacer.
Esa empatía —construida desde la humildad, desde la vulnerabilidad y desde la experiencia real de volver a ser principiante— transforma la instrucción técnica en acompañamiento humano, profundo y efectivo. Convertirme en paracaidista me enseñó que el alumno no necesita un instructor perfecto; necesita un instructor que recuerde cómo se siente no saber.




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