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El instructor debe quitarse del camino

El tirador no te pierde respeto cuando escuchas otras voces; lo pierde cuando se da cuenta de que lo mantuviste contigo por miedo a que creciera fuera de tu alcance.

En la instrucción de tiro existe una realidad que muchos prefieren no mirar de frente y otros simplemente no reconocen que sucede: el conocimiento del instructor es finito. No porque sea insuficiente, sino porque el instructor de tiro es humano. Ningún instructor lo sabe todo, ninguno domina todas las variables, todas las técnicas, todos los contextos y todas las formas posibles de resolver un problema. Pretender lo contrario no solo es falso, sino peligroso para el desarrollo del alumno.


Con el tiempo –y si el proceso de enseñanza está bien planteado– ocurre algo inevitable: el instructor termina enseñándole al tirador no todo lo que es capaz de aprender, todo lo que el instructor es capaz de enseñar. Llega un punto en el que los conceptos se repiten, las correcciones se parecen y las respuestas empiezan a salir casi en automático. En ese momento el problema no es que el instructor haya fallado; el problema es pensar que ese punto no existe o que debe ignorarse.


Un instructor no es la disciplina defensiva o deportiva en sí misma, sólo es una de sus puertas de entrada. Su función es ordenar el caos inicial, establecer fundamentos sólidos y ofrecer un marco de referencia desde el cual el tirador pueda comenzar a entender lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, pero ese marco no puede, ni debe, convertirse en una jaula en la que tengamos encerrado al tirador. Cuando el tirador ya domina ese lenguaje, esa metodología y esa forma de resolver problemas, seguir limitando su proceso a una sola voz deja de ser instrucción y empieza a ser control que refleja la incapacidad del instructor de reconocer/aceptar sus límites y su necesidad por tener quien le ponga atención.


Es aquí donde aparece una de las ideas más dañinas dentro de la cultura de la instrucción: la creencia de que un buen instructor debe retener a sus tiradores el mayor tiempo posible. Bajo frases que suenan protectoras –“yo soy mejor instructor que otros”, “allá le van a enseñar mal”, “conmigo no se van a confundir”, "te van a enseñar vicios", "qué te va a enseñar si nunca ha estado en la calle"– muchas veces se esconde una incapacidad para aceptar que el crecimiento del tirador implica, tarde o temprano, que el instructor deje de ser central.


Cuando un tirador ya absorbió tus fundamentos, comprendió tu lógica y replicó tus criterios, insistir en que solo contigo puede seguir avanzando no es un acto de responsabilidad, sino de soberbia. En lugar de ampliar su capacidad de desempeño, la estás estrechando y le estás negando la oportunidad de contrastar ideas, de adaptarse a otros estilos, de resolver problemas desde perspectivas distintas. En términos prácticos, lo estás entrenando para funcionar bien solo dentro de tu sistema, no dentro de la realidad.


Un instructor que realmente entiende su rol sabe que la autonomía del tirador –y la eventual despedida– es una señal de éxito, no de pérdida. El objetivo de la instrucción no es crear dependencia del instructor o una secta de alabanza a las capacidades que tiene, sino tiradores competentes y y con habilidad suficiente para iniciar el siguiente nivel con alguien más que le va a enseñar cosas que ya no puede aprender aquí.


Aceptar que tu conocimiento es finito también implica reconocer que hay otros instructores que saben cosas que tú no dominas, que ven problemas que tú no ves y que dominan áreas en las que tú no eres el mejor. Lejos de debilitar tu autoridad, se fortalece cuando eres honesto. El tirador no te pierde respeto cuando escuchas otras voces; lo pierde cuando se da cuenta de que lo mantuviste contigo por miedo a que creciera fuera de tu alcance.


La instrucción, en su forma más honesta, es un acto de responsabilidad ética. Implica saber cuándo aportar, cuándo corregir y cuándo hacerse a un lado, porque el verdadero fracaso del instructor no es que el tirador se vaya, sino que se quede sin crecer, y eso, más que una falla técnica, es una falla de carácter y una falta de respeto a la confianza que el tirador puso en ti.


Cristian.

 
 
 

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